ENCUENTRO


Podría haber sido en primavera. Podría haber sido en uno de esos duros inviernos, no estoy seguro. Recuerdo que la gente aún solía reunirse en torno a una radio conectada a la batería del coche, esperando las últimas noticias del frente. Fue un día como cualquier otro: un joven desganado caminaba lentamente por los pasillos absorto en sus pensamientos, los profesores con los ojos perdidos en la distancia eran apenas una sombra de autoridad, y un conserje algo retardado llamaba a los estudiantes a clase golpeando furiosamente un objeto metálico parecido a una gran tapadera. Pronto en los pasillos no se escucharía más que un zumbido, similar al que se oye cuando te acercas una concha al oído.

Tras los primeros momentos de excitación, el profesor pronunció una docena de nombres, el mío entre ellos. Pensé que íbamos a repasar, una vez más, las descripciones de los pueblos en Ana Karenina, o algo parecido. Nuestra sorpresa no pudo ser mayor cuando el profesor, en un tono muy solemne, anunció que iríamos a la biblioteca municipal para encontrarnos con un escritor. Un coro de cuchicheos confusos, muecas de aburrimiento y

miradas disgustadas demostró que, a excepción del profesor, yo era el único al que le gustaba la idea. Hay que dejar clara una cosa: yo no era el mejor de los estudiantes y probablemente tampoco era el más listo de la clase, pero me gustaba leer. Además, esta salida imprevista podía librarme del resto de clases de ese día, y un regalo así no se podía desperdiciar.

El ambiente en la biblioteca municipal era especial. La humedad que exhalaban las paredes se mezclaba con el olor de las amarillentas páginas de los libros que se amontonaban en aparente desorden en las estanterías. Encima de la puerta, desde donde Tito solía obsequiarnos con una sonrisa mística como la de la Mona Lisa, ahora había un retrato de Branko Ćopić. Branko tenía una expresión facial muy seria, como si estuviera recriminando al bibliotecario el haberle colgado en aquella pared húmeda, arrugado y sin

marco. No sabía que el bibliotecario, deliberadamente, no quiso ponerle marcos ni límite alguno. Recuerdo las sillas; habían escogido las mejores, unas tapizadas con una tela grisácea. Estaban colocadas en un círculo perfecto. A pesar de que todo desprendía una sensación de desgaste, cansancio y pobreza, experimenté una extraña festividad en ese modesto entorno. Nos sentamos. Mientras que los demás se entretenían nerviosos cogiendo cosas de alrededor y mirando por encima de sus huesudos hombros, yo permanecía quieto, contemplando las deterioradas cubiertas de los libros que tenía más cerca. Ahí la literatura rusa, un poco más allá la literatura inglesa y un montón de literatura nacional atacando desde los flancos. Desde el suelo hasta el techo, esta grotesca estructura albergaba a Andrić, Crnjanski, Šćepanović, Bulatović, Ćopić, y también a Krleža, Ujević, Dizdar, Prešern… En aquella época ya nos habían enseñado muy bien a reconocer a los “nuestros” y a los “suyos” en medio de la noche, casi siguiendo nuestro olfato. Es posible que las señales que irradiaba la estantería fueran tan confusas que pintaban ese enfado en el rostro de Branko? Lo dudo. Creo que todos se las arreglan estupendamente: Ćopić, Crnjanski y Krleža. La verdad es que Krleža y compañía estaban colocados en la parte inferior, algo ocultos a las miradas y en un lugar más polvoriento que, por ejemplo, Andrić. Entonces la puerta chirrió. Quizá fuera porque yo estaba sentado o porque él era muy delgado, el caso es que el hombre que entró por la puerta no me pareció demasiado alto. Su cabello era gris, tenía las mejillas hundidas y sus hombros escuálidos estaban levemente encorvados. En un momento dado, cuando estaba allí apoyado, me recordó a Ostoja, mi abuelo materno. Pero instantes después ya era él otra vez: un caballero de cierta edad, afeitado, elegante, vestido con una americana, y que, de un modo ostentoso aunque sin llegar a ser molesto, tenía un aire distinto a los demás, en su mayoría lugareños feos y extenuados. Allí sentado, estupefacto, miraba sus brazos, que

estaban a la altura de mis ojos. Eran largos y delgados, y sus manos, con las que sostenía varios libros, eran esqueléticas, pero bonitas. Me pareció que éstas eran al menos 20 años más jóvenes que el resto de su cuerpo. Nuestro profesor lo presentó y él hizo una leve reverencia, como si nosotros fuéramos un auditorio importante. Debido al alboroto no pude oír su nombre. Después de sentarse nos contó que era de nuestra ciudad, pero que se fue a vivir a Belgrado cuando era joven. Nos explicó algunos detalles de su infancia, después hizo un esbozo de sus estudios y trabajos que había realizado y nos preguntó acerca de nuestra escuela. A menudo sonreía cálido y paternal. A continuación nos habló de sus obras y nosotros le preguntamos sobre literatura y sus libros favoritos, como si fuéramos un grupo de críticos. Las preguntas que le hacíamos eran las que nuestro profesor nos había preparado, y que nos habíamos aprendido de memoria en el camino de la escuela a la biblioteca. Pensándolo bien, creo que él fue la única persona que entendió las respuestas del escritor. Aunque eso no importaba, porque la forma de hablar del escritor era muy interesante e incluso los más revoltosos prestaban oídos a cada una de sus palabras. Una vez transcurrido el tiempo previsto para nuestro encuentro, se levantó, entregó algunos de sus libros al bibliotecario y después se volvió hacia nosotros y dijo: La vida, hijos míos, es muy extraña algunas veces. Como podéis ver, soy un hombre viejo y podría morir ahora mismo. En mi lápida pondría que nací en Bosanski Brod y que fallecí en Srpski Brod. La gente estaría confundida y pensaría que se trata de dos ciudades diferentes… Nos miró una vez más, sonrió y se fue. Nunca más le volví a ver.

* * *

Hacía mucho tiempo que no rememoraba aquel encuentro. Es obvio que no fue uno de esos encuentros que cambia la vida de un hombre. Aún así, fue uno de los escasos recuerdos agradables de la guerra. La mayor parte de los demás acontecimientos se ha perdido en el tiempo y el espacio. En otra vida. En la juventud lejana de alguien. Hoy, unos quince años después de aquel encuentro, estoy empezando a entender poco a poco algunas de las cosas que dijo. Ahora estoy plenamente convencido de que sus últimas palabras estaban dirigidas a nosotros, los muchachos de provincias, para abrirnos los ojos y mostrarnos el desatino universal de la guerra, la infinita imprevisibilidad de los destinos humanos. Puede que mis ojos aún no estén lo suficientemente abiertos, quizá nunca lo estén. Pero creo que yo al menos bizqueo, a diferencia de muchos otros, que aún mantienen sus ojos cerrados y solamente ven el engaño bajo sus párpados. Algunos de ellos estuvieron sentados en aquella biblioteca aquel día, aquella primavera. O fue uno de aquellos duros inviernos. No estoy seguro.

El día después del encuentro, pregunté a nuestro profesor por el nombre del escritor que nos visitó. Fue Voja Čolanović.

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